Promociones en todas las vidrieras. Comercios abarrotados, gente cargada de bolsas. Es sábado y faltan horas nada más para el día del Padre. La misma escena, el mismo dibujo, se repite año a año. Cada vez más lejos del sentido del abrazo más profundo, y más cerca del regalo material.
El verdadero origen del ‘Día del Padre’ surge el 19 de junio de 1909 en Estados Unidos, cuando una mujer llamada Sonora Smart Dodd quiso homenajear a su padre, Henry Jackson Smart. Este veterano de la guerra civil se convirtió en viudo cuando su esposa (la madre de Sonora Smart Dodd) murió en el parto de su sexto hijo. Fue en una granja rural en el estado de Washington donde Henry Jackson se hizo cargo de la educación de seis niños. Sonora Smart se dio cuenta de que su padre había sido todo un ejemplo a seguir y propuso la fecha del nacimiento de su padre, el 19 de junio, para celebrar el Día del Padre.
Esto nos demuestra que el Día del Padre nace como un “homenaje” al padre, a esa figura masculina que una mujer tuvo en su vida como ejemplo a seguir. Eso sucedió hace 101 años ya y sin lugar a dudas, la concepción del día ha cambiado. Y entonces, estas palabras dejan de formar parte de una columna de opinión para pasar a ser simplemente una reflexión y una invitación a cambiar algo.
El consumismo desmedido que la televisión y la masividad nos impone día a día, hacen que veamos a esta fecha como una obligación a cumplir, casi como ir a misa cuando no queremos. Compro el regalo, se lo entrego a papá y listo. Hasta el año que viene, cuando las promos de las tarjetas de crédito mezcladas con la financiación de los LCD vuelvan a invadir las mentes humanas de quienes buscamos “algo” con lo cual sorprender a papá en su día. Y así nos olvidamos de la esencia misma del festejo, de ese homenaje que un hijo hiciera a su padre por considerarlo “un ejemplo a seguir”. En la escala de valores, la sociedad pareciera imponernos primero el regalo material y, en segundo lugar, el verdadero regalo, el más importante: el homenaje.
Claro está que existirán tantos tipos de padres como hijos haya en el mundo. Claro está que pudo habernos tocado el mejor papá del mundo (siempre a nuestro entender), o no haber corrido esa suerte. Por supuesto que habrá muchos que podrán mirar a los ojos de sus padres y otros tantos que sólo se contentarán con recordar su mirada. Pero todos esos padres, todas esas circunstancias particulares, tienen un elemento constitutivo en común: todo padre es tal por el maravilloso y perfecto acto de, junto a una mujer, dar vida, dar existencia y continuidad. Ése, exactamente, es el oficio de ser papá.
Quizás entonces, este Día del Padre, sea un excelente momento para repensar un poco más acerca de nuestro homenaje a quienes nos dieron la vida. Tanto si están a nuestro lado, o a kilómetros de distancia. Tanto si los podemos abrazar en el cuerpo o en el alma. Nada de eso importa. Dejemos de pensar por una vez en si le compramos el regalo a papá en 3, 6 o 12 cuotas sin interés, y pensemos un poco más en la “cuota” de amor profundo que le debemos cada uno a nuestro padre.
Aprovechemos el hoy, donde la sociedad y la inmediatez de la vida misma hacen tan difícil la tarea de ser padres para replantearnos qué tipo de homenaje queremos darle a nuestro querido “viejo”. No olvidemos que antes de ser maestro, se es padre y antes de ser padre, se es amigo.
Quizás aquellas palabras olvidadas pero famosas sobre la paternidad nos permitan darnos cuenta realmente de cuánto le debemos a nuestro “viejo”:
“Ningún hombre puede saber qué significa la vida, el mundo, cualquier cosa, hasta que tiene un hijo y lo ama. Entonces todo el universo cambia y nada es exactamente igual que antes”.





